Aún recuerdo mi primer teléfono móvil. Ericsson aún ni atisbaba su fusión con Sony y cualquier terminal tamaño ladrillo era tan codiciado como costoso. Los SMS causaban furor y cualquier funcionalidad añadida, al estilo despertador o calculadora, se entendía exclusiva de último modelo, accesible sólo a una pudiente minoría.
Llegaron entonces ellos, pronto sección estrella de cualquier menú telefónico: los juegos. Al comienzo tan sólo contábamos con pantallas monocromáticas, donde la máxima aspiración gráfica era un cúmulo de píxeles renqueantes que diesen lugar a lo que...
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